VENEZUELA: El cine rinde culto al Warao

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Dictar un taller de creación audiovisual en campamentos de refugiados de la República Saharaui en el desierto argelino y transferir tecnologías audiovisuales a jóvenes del pueblo Warao en el cálido clima selvático de Delta Amacuro, conforman en el cineasta Mario Crespo, director del primer drama ficcionado venezolano en idioma Warao Dauna. Lo que lleva el río (2014) una espesa analogía que se traduce, mediante una expresiva cornisa anecdotaria, en místicos caños deltanos de aguas fecundas.

La cinta fue seleccionada en el programa Native del Festival Internacional de Cine de Berlín (Berlinale) como parte de la sección especial que este año solo acoge a las mejores películas con tema indígena realizadas en Latinoamérica entre 1986 y 2014.

La película tendrá su estreno mundial el 9 de febrero en el festival alemán, de clase A, mientras que en Venezuela llegará a la cartelera el 20 de marzo.

Antes de filmar Dauna…, que contó con el apoyo del programa Ibermedia, Centro Nacional Autónomo de Cinematografía (Cnac) -que ratifica su aporte a temáticas diversas- y la Gobernación del Delta Amacuro, Crespo les enseñó a sus discípulos de ambos mundos a manipular la cámara como objeto mecánico “dándoles voz y dejándolos que se expresaran con pequeñas instrucciones”. En un mes, 29 saharauis crearon 13 micros de ficción, docudramas y documentales sobre su medio. Igual se hizo en el Delta con alumnos de dos comunidades, descubriendo en ellos, como lo afirma, “increíbles capacidades para captar su mundo a través de la cámara con documentales como El moriche: la palma madre de los Warao, de Gualberto Gómez, que participó en video-eventos indígenas en México”.

Y que inevitablemente sitúan esa convivencia preliminar con la singular vida Warao como punto de gestación cardinal de su futura película, concebida como puente de latidos del proceso de interculturalidad experimentado por este pueblo palafítico, que “intenta que sus costumbres sobrevivan en medio de los embates de otras culturas que van llegando, porque es innegable que no se pueden cerrar”.

De allí que el mixtificado rodaje de afinidades que unen al desierto saharaui frente a la agresión marroquí y la preservación de la memoria ancestral Warao en su rebaño de islas deltanas, se vincule a algo más luminoso que irradia la necesidad de potenciar la cultura ante el estancamiento que implica decadencia, como lo relata este director de cine, teatro y televisión, con nueve documentales en su haber que han tocado, entre otros temas, la ruta del cacao, y seis largometrajes para TV.

“Algunos piensan que la llegada de los capuchinos al Delta a principios del siglo XX fue traumática. Todo cambio cultural es traumático y su evolución necesaria e inevitable. ¿Y qué vas a hacer? Mientras el mundo exterior busca llegar a Marte ¿les vas a quitar las antenas de TV y el motor de sus embarcaciones? ¿dejarlos en guayuco? Eso sería un crimen etnológico, como lo fue en Estados Unidos al concentrar en reservas a poblaciones indígenas a la usanza de ghettos”, precisa.

La película de 104 minutos, dice Crespo, es “un melodrama de amor donde una mujer Dauna (Yordana Medrano) enfrenta el dilema de vivir con Tarcisio (Eddie Gómez), el hombre que ama pero que a la vez atenta y destruye su trabajo, vocación y sueños de crecer. En el guión netamente de ficción, cuya autoría comparto con Isabel Lorenz, se enfrentan convenciones ancestrales de organización social que hoy resultan discriminatorias para la mujer y el deseo de progresar, donde ciertos personajes se inspiran en mujeres Warao que conocemos”.

Fueron necesarias siete semanas de rodaje en San Francisco de Guayo (municipio Antonio Díaz), que mira próximo al canto del mar, en unos engalanados parajes de verdor situados a cinco horas en lancha de Tucupita, siendo requerido un lapso de otras siete semanas para preproducción. En esta fase, Jokabanoko, aldea de belleza prodigiosa y menor grado de intervención criolla en su hábitat, fue elegida para el rodaje, adecuación logística del equipo de filmación y el trabajo de casting y preparación para los roles de la película, que está a cargo en su mayoría por miembros de la etnia.

“Logramos introducirnos en sus vidas, siempre con dos cámaras encendidas, a través de una cuarta pared transparente y estábamos allí espiando, tratando de desaparecer. La fotografía, a cargo de Gerard Uzcátegui, se fundamenta en el uso de la luz natural, reforzada por reflectores para rodaje nocturno. La cámara en mano se adentra discretamente y por eso hay pocos cortes, captando a los actores dialogando sobre sus problemas. De allí que al representar personajes como lo hacen en su vida diaria, porque la mayoría no son actores profesionalmente formados, se logró una puesta en escena menos rígida”, precisa Crespo, quien para la música y construcción de la banda sonora optó por Alonso Toro y Gustavo González, quienes tejieron atmósferas sonoras del Delta, repletas de agua y cantos de pájaros.

Reto lingüístico

Como lo hacen los antropólogos al adaptar posturas previas sobre la cosmovisión warao, el cineasta asume una nueva nomenclatura fílmica ante la evolución aceleradísima experimentada por este pueblo de tierras bajas que rinde culto al moriche. Así, parajes del guión se validaron con miembros de la comunidad para lograr su verosimiltud; como aquella escena donde “una mujer Warao se lanza al agua de noche, algo poco probable en la tradición, porque en la oscuridad le temen a los nobarao, que son duendes y espíritus que viven en aguas de la nocturnidad”.

La más pura tradición oral de la lengua Warao tiene varias acepciones y acentos, según la zona de asentamiento. Encuentras en ella, en palabras de Crespo, fonemas asiáticos que te hacen pensar si estás oyendo japonés y el gran parentesco con otras culturas originarias. Por eso “cuando llegan los capuchinos y escriben esos fonemas, se descubre que tienen una riqueza incalculable”.

Si bien al retornar al Delta a filmar el equipo tenía el oído afinado, tras 13 años de trabajo “colgando el chinchorro en las comunidades y compartiendo su comida”, como lo recuerda Crespo, el mayor desafío para una cinta de escenas multilingües fue “tener un guión bilingüe y conseguir a la vez que se familiarizaran con el juego actoral no representando, sino actuando como son ellos desde sus problemas y tratando de ajustarlos a las ideas que queríamos decir”.

Así, la audiencia de Dauna. Lo que lleva el río, que celebra también el Día del Cine Nacional el 28 de enero, se topará con un retrato de la vida usual del Warao hoy, que como hace siglos es la preocupación de la madre porque su hija se case y traiga un hombre joven a la casa; de los abuelos ante los jóvenes que pierden referencias culturales; y aquella realidad del marido que necesita que su mujer le para hijos porque se está poniendo viejo.

En boca de su realizador, el filme aborda dos vertientes: la necesidad de la interculturalidad y de la mujer de equipararse al hombre en derechos como la formación y participación en la sociedad. En una cultura tan antigua, los obstáculos a vencer por una mujer son mayores.

Desde que el boliviano Jorge Sanjinés filmara esa joya llamada Ukamau en lengua aymará, y que Crespo califica de “legado referencial indiscutible del cine indigenista”, la narrativa cinematográfica de lo ancestral en el país tiene hitos irrefutables como Oko Warao: gente de curiara, de Beatriz Bermúdez, pasando por la aplaudida expedición de Luis Alberto Lamata con su Jericó, hasta la puesta en escena de El Regreso de Patricia Ortega.

Al igual que en la selva tropical acuática donde flota ante la adversidad del tiempo, la ancestralidad Warao que es nutrida por el ir y venir de la marea atlántica, el fino acabado de Dauna. Lo que lleva el río buscará emerger en el imaginario del público entre la majestuosidad de sus paisajes. Saludando a la evolución tecnológica- social, como acota Mario Crespo, pero guardando nuestros activos artísticos. Para “quedarnos con aquello que nos potencia y nos hace entender de dónde venimos. Porque es lo único que nos da dignidad”.

Colocada desde: elmundo.com.ve

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