Opinión

El Síndrome de Doña Florinda

20151019162901_adonia

Votar por “gente de bien” es un acto consciente de arribismo social, una manera de negar de dónde venimos y de reafirmar a dónde queremos llegar, cueste lo que cueste.

En Colombia, votar por “gente de bien” es un acto consciente de arribismo social, una manera de negar de dónde venimos y de reafirmar a dónde queremos llegar, cueste lo que cueste.

 Por: Alex Guardiola Romero

En Colombia, la gente vota por quien se parece a lo que él mismo quiere llegar a ser, por el candidato o la candidata que representa sus aspiraciones sociales, por la figura que sintetiza su sueño no de sociedad o de país sino de figuración social; votar se convirtió en un acto de arribismo. Ese, que en nuestro país también podría ser llamado el “Síndrome de Doña Florinda”, expuesto hace pocos años por el argentino Rafael Ton, en el que la persona pese a vivir en una humilde vecindad se siente de mejor clase que los demás y denigra de las medidas que benefician a la “chusma” a pesar de que sigue cobrando los auxilios sociales, es la conclusión obvia tras la elección de los mandatarios recién posesionados.

pobreza-matador

En Bogotá ganó Enrique Peñalosa no porque fuera el mejor candidato, sino porque los votantes sueñan con hablar como él, con haber nacido en Washington y que él les construya carreteras en las que puedan correr sus carros que aún pagan en cuotas mensuales en desmedro de la alimentación de su familia, porque en Colombia es menester tener primero carro que casa, comida o salud. El ciudadano que estudió en colegio público construido por los gobiernos de izquierda, que entró a la universidad pública sostenida por las luchas de la izquierda, y que ahora trabaja en una empresa con un sueldo que invierte en su totalidad en pagar la cuota del carro y de la tarjeta de crédito, piensa que ya no se necesita de esos guerrilleros disfrazados de políticos que promueven la inclusión y la educación en la capital de Colombia, sino a gente de su mismo nivel social (¿?) que deje de estar pensando en esos del estrato uno que afean las calles con sus ventas ambulantes y ropas de dudosa procedencia, que no los dejan entrar o salir de Starbucks tranquilamente. Esos pobres.

En Barranquilla pasó algo similar. La gente volvió a votar por Alejandro Char porque siente que si lo hace ya es parte de la élite social de la ciudad, o que mediante su voto obtiene acciones en la Olímpica, porque en el fondo todos sueñan con tener un día la riqueza de él y creen que eligiéndolo alcalde la suerte está a la vuelta de la esquina, sin importar que uno de cada tres barranquilleros no tenga cómo comer las tres veces diarias, o que la ciudad sea de las más pobres de Colombia, con una pobreza monetaria de 25,5% -de las más altas del país- y una desigualdad vergonzante, donde los pobres son cada vez más pobres y los ricos cada vez más ricos. En Barranquilla todos quieren ser como los Char, por eso los eligen, y por eso no importa que la ciudad sea la segunda de Colombia –por debajo de Cartagena- con los peores índices de necesidades básicas insatisfechas.

En Colombia, votar por “gente de bien” es un acto consciente de arribismo social, una manera de negar de dónde venimos y de reafirmar a dónde queremos llegar. O una moda, si se quiere. La otra tendencia, la de satanizar todo lo que tenga que ver con política y rechazar per se –aunque se lo merezcan- a los políticos, es también una moda, una postura superficial que pretende incluir a quienes se sienten tan por encima de los demás que no necesitan de la política, olvidando que todo es política.

Y es que los políticos colombianos se han especializado en crear espejismos, en resaltar estereotipos como método para conseguir votos. Así, no resulta extraño que la razón del voto hacia alguien sea su belleza o imagen, no sus propuestas y antecedentes. Se elige al bonito, al rico, al bien vestido, no tanto porque nos convenza sino porque lo envidiamos; en últimas, votar por ese “producto” nos asemeja a él. De repente, el candidato que promete borrar los grafitti de las paredes o quitar las casuchas de determinado sector como antídoto a la inseguridad nos simpatiza mucho más, quizás porque ello nos hace olvidar cómo era la casa de nuestra niñez. Votar es, también, un acto de olvido, una evasión necesaria para seguir viviendo en la fantasía.

Pero toda fantasía se acaba. Es un círculo vicioso que comienza con una ruptura social que lleva al poder a gobiernos progresistas, que luego de algunos años saca de la pobreza a muchos, y que termina cuando esa clase emergente deja de apoyar a los gobiernos progresistas porque ahora ya se siente de mejor casta social. Pero la historia es cíclica y el gobierno plutócrata que ellos eligen termina por devolverlos a la miseria. Es como si no entendiéramos que aquel círculo social es cerrado y nunca se abre para el recién llegado.

Por eso, porque el síndrome de Doña Florinda parece ser endémico en Colombia, no sorprende que seamos de los pocos países donde hay pobres de extrema derecha. Como si el hambre tuviera ideología.

Bogotá, enero 04 de 2016

Ingeniería social electoral: la guerra por el poder

television_manipula

Franco Vielma

La guerra política y económica en Venezuela desde todas sus coyunturas, por las reglas impuestas por el chavismo en la institucionalidad, han desembocado en resoluciones electorales. La cosa se define en los votos. Esta no será la excepción y la oposición se juega todas sus cartas luego de un período de dos años de su duro plan de ingeniería social de guerra económica.

Definamos en primer lugar a qué nos referimos con “ingeniería social”. Este término se origina en la politología, y luego se trasladó a la informática y teoría de las tecnologías de la comunicación e información. En términos sociológicos, se refiere a la implementación de estrategias de modificación de comportamientos sociales por parte de grandes actores políticos-institucionales  o actores económicos-empresariales, frente a un grupo poblacional determinado.

La ingeniería social consiste en el desarrollo de actos reales, concretos, para que produzcan un cambio de comportamiento en la población, en un hábito determinado, por ejemplo,  y para que vayan acompañados de una clínica de masas (o manipulación psicológica) que permita y favorezca la asimilación de los cambios impuestos por el factor de poder que realiza el acto de ingeniería.

El término fue desarrollado inicialmente por Karl Popper, quien dio cuerpo conceptual a lo hecho por los nazis antes y durante la Segunda Guerra Mundial, transformando la conducta del pueblo alemán empujándolo a la guerra y al proyecto hegemónico fascista del Tercer Reich. A pesar de lo debatido del término, en el presente se considera que el desarrollo de actos de ingeniería social no son exclusivos de gobiernos, ya que las grandes empresas también lo hacen de manera particular o articulada, bien sea con propósitos comerciales y en ocasiones hasta políticos.

La guerra económica

En cuestiones económicas, la ingeniería social tiene parámetros simples: crea un “viernes negro” de supuestos bajos precios y la gente correrá como loca a las tiendas. Crea una “nueva” prenda de ropa y la posiciona como moda, y mucha gente querrá comprarla. Imponer el vehículo como símbolo de status social es la mejor manera de vender vehículos. Comprar con tarjeta de crédito (lleve ahora y pague después, pero más caro) es un acto de cambio en el patrón de comportamiento en el consumidor que sólo vino con la tarjeta de crédito. La ingeniería social en lo económico se basa en el parámetro Intervención-Inducción-Respuesta.

Se trata de visualizar y prever las reacciones esperadas de la gente de manera muy elaborada para luego intervenir la realidad. Quienes más perniciosamente han elaborado el planteamiento de la guerra económica entendieron que el venezolano “piensa” mucho con el bolsillo y con el estómago. Que excluyendo a los sectores más duros y politizados del chavismo, una gran masa electoral ambivalente sería fácil de someter. Así lo han asumido y así han actuado. Es por eso que la generación de cambios en el comportamiento social en cuestiones de abastecimiento y precios ha implicado generar cambios concretos en los sistemas de abastecimiento y precios para inducir respuestas en la población.

En Venezuela el enrarecimiento sostenido, sistemático y articulado de los sistemas de abastecimiento y precios, de la mano de grandes empresas importadoras, comercializadoras y procesadoras, ha distado mucho de un “comportamiento espontáneo” de nuestra economía por la baja del precio del crudo. La inflexión en la caída del abastecimiento y el aumento desmesurado de precios ha estado muy por encima proporcionalmente de la caída en el 60% del precio internacional habitual del crudo. Ni esa variable, ni la expropiación de algunas fincas, logran explicar lo que para la empresa privada es “culpa del Gobierno”.

Venezuela hoy presencia el rol de dominio que aún tiene el sector privado en la economía nacional. Siendo un hecho también que los hallazgos del sabotaje empresarial han aparecido por doquier, detrás de todo acto de megaacaparamiento, megacontrabando y megaespeculación, hay activos, camiones, galpones y  propiedades de empresas privadas. El sabotaje es generalizado. La elevación del precio del dólar paralelo a niveles supraexponenciales (afectando incluso a la pequeña y mediana empresa) ya no tiene economistas que lo defiendan y ha propiciado el bachaqueo como respuesta a la devaluación artificial de la moneda.

La cola en sí misma consiste en un acto de desgaste, agobiante, criminal

La estampida especuladora cada vez que Dolar Today ha depreciado nuestra moneda, se ha traducido en la pérdida del salario real de las familias. No hay cuestiones casuales cuando lidiamos con mafias paraeconómicas, cambistas en Colombia y actores seudopolíticos mayameros que quieren teledirigir nuestra economía desde una página web, encontrando apoyo a su cochinada en lo más “sobresaliente” del empresariado que especula con dólares y que los sustraen de la renta.

Para el pueblo común, lo que se ha institucionalizado es la cola, los sobreprecios y el bachaqueo. El comportamiento social de masas, a la hora de comprar, ha sido o ir a la cola o comprarle al bachaquero a precio exorbitante, cuestiones que no eran habituales en los hábitos del venezolano. La cola en sí misma consiste en un acto de desgaste, agobiante, criminal, expresión de total falta de empatía.

Hay familias que intentando proteger sus ingresos han comenzado a bachaquear, y esto ha ocurrido en las clases populares, reproduciéndose la actitud del “raspacupismo”, que ya había hecho mella en una clase media que tenía años devorándose entre sí. Adquiere cuerpo la economía generalizada del oportunismo, la gente comienza a visualizar culpables concretos (ya no es todo “culpa del Gobierno”) y estigmatiza al bachaquero, al ladrón del abasto, el bodeguero ha dejado de ser “el amigo de la comunidad” y es ahora el “vampiro en la comunidad”. La guerra en espacios concretos se desarrolla con crudeza. Reproduce sensaciones de malestar generalizado.

 Cuestiones psicosociales de la guerra

La cuestión psicosocial de la guerra económica tiene mucho que ver con la “gestión del descontento” y la derecha ha intentado capitalizarlo a totalidad, sin éxitos claros. La guerra económica es un acto económico con un móvil político. Pero no es solamente eso.

La guerra económica, su clínica de masas y sus comportamientos inducidos, se han basado en la acción articulada y ordenada de la clase empresarial, en destruir y enrarecer los sistemas de abastecimiento y precios. La respuesta de la población esperada por ellos ha sido la de nuestra canibalización, y tal situación ha ocurrido sólo a parcialidad, pero con un efecto lacerante y corrosivo.

La derecha quiere cosechar los efectos del desgaste y de la guerra

Se ha basado en la destrucción de nuestros consensos políticos, de los lazos de solidaridad que hemos construido en revolución. Han convertido al raspacupos en un oportunista especializado en estafar a otros de la clase media. Han convertido a los bachaqueros en las clases populares en ladrones del pan del hermano pobre del barrio. Han ido a lo profundo de la subjetividad venezolana para desgastarla, para inmovilizarla, para destruirla, imponiendo los valores del oportunismo y la falsa supervivencia, el pandemónium, el caos, la desesperanza.

La población venezolana ha sido constantemente provocada, insistentemente se ha intentado producir su desbordamiento, su reacción neurótica e irracional. Manipulación y devaluación artificial de la moneda, acaparamiento, contrabando, bachaqueo, hiperespeculación y demás cuestiones concretas de la guerra, han estado acompasados con la “retórica del estallido” de la mediática privada. Televisión, radio, redes sociales y prensa escrita han actuado al unísono politizando contra el Gobierno lo que sucede, pues el manejo de la opinión es un componente fundamental de las clínicas de masas. Mientras encubren a los responsables, culpabilizan a otros. He ahí que el planteamiento político de la derecha venezolana es el de asumirse como “alternativa y solución a la crisis”, que ellos mismos han generado a través de sus grandes actores económicos.

Es entonces cuando el planteamiento de intervención psicológica en la masa adquiere cualidades polivalentes: al pueblo venezolano se le ha querido irritar para apoyar las guarimbas, para apoyar escenarios de golpes de Estado, para que se produzca un estallido social, para que se produzca una coyuntura. A la fecha, agotadas varias coyunturas, el escenario se cierne sobre lo electoral. Todo el 2014 y el 2015 se han proyectado al evento electoral de diciembre en un pulseo entre las fuerzas chavistas y las antichavistas. La derecha quiere cosechar los efectos del desgaste y de la guerra.

La ingeniería social electoral

Se basa en producir un cambio concreto en el patrón de comportamiento electoral de la población del país. Va dirigida a producir cambios de identidad política, se trata de desmovilizar el voto chavista y atraer a la derecha venezolana el voto histórico “ni-ni”. La guerra económica ha sido poco útil en convencer a opositores que ya han estado convencidos, pero sí sirve para movilizarlos.

Dirigida al chavismo, la guerra económica es un acto de destrucción de la esperanza. Ese es el efecto que ha querido generar. Y he ahí que la respuesta chavista ha sido el discurso de la identidad, la resistencia frente al enemigo concreto y la renovación de la esperanza.

La guerra económica es una tentativa, un ensayo a gran escala para modificar aspectos de las relaciones de poder social, cambiando la conducta o comportamiento privado de las personas, meses atrás colocando a la población como piso político de apoyo a la desestabilización, hoy, como masa electoral apuntando contra el chavismo.

La guerra económica es precisamente eso, una guerra. Estamos bajo ataque y estamos en contrataque. Hay que reconocerla como lo que es, pues asumiendo tal cosa, es posible despojar al enemigo real de su cualidad concreta, la de ser el enemigo.

¿Ser chavista es sólo una pose?

arepasbarlovento

En toda la historia la gente ha hecho obras y ha dicho cosas que trascienden su presente y eso ha generado seguidores.

Los hay por millones, ejemplo, cristianos por Cristo, pero ninguno se sacrifica a los treinta y tres, por el contrario en su nombre se amasan grandes fortunas violando la ética del no matarás, no violarás, no robarás, no traficarás, no envidiarás, no traicionarás, no ambicionarás. Todos esos hechos criminales que cometen los cristianos en su diario hacer los disfrazan y justifican a la hora de expresar su doble moral con vacías palabras. Como ellos todas las religiones, claro que siempre están las excepciones que al final confirman las reglas. Así es la oposición de este país.

Como los cristianos hay bolivarianos, rodriguistas, zamoristas, marxistas, boveros, maisanteros, leninistas, trotskistas, maoistas, estalinistas, fidelistas, guevaristas, sandinistas y por supuesto chavistas y todos nos comportamos de la misma manera.

¿Por qué se repite obstinadamente la conducta? Entendemos que es más fácil repetir lo dicho que asumir la realidad en donde siempre seremos cuestionados, porque seguir a cada ser de estos, significa seguir una idea, hacerla realidad desde el presente y eso nos obliga a la creación.

Todos decimos ser chavistas, ¿pero de verdad somos chavistas? ¿Qué significa realmente ser chavista? ¿O es sólo una pose? Un saber que al declararlo se nos da un cargo o se nos abre una puerta para hacer lo que siempre hemos hecho pero potenciado porque siempre repetimos el pote de humo de que somos más chavistas que cualquier otro y que por eso damos la vida?

Ser chavista pasa por no ambicionar, no desear en este mundo de consumo nada de lo que está en él, eso es el valor del chavismo, eso es ser chavista, porque así fue el tipo, no fue porque nadie lo inventó, nadie lo dijo, ni nadie lo escribió, es un tipo que vivió en la realidad, no fue una ficción, fue una realidad y además vivió de esa manera.

Ser chavista pasa también por amar la tierra donde se nace. Chávez no ambicionó irse para Niu York, no ambicionó irse a París, no ambicionó irse para Tokyo, ni Beijín, ni para Madrid, aunque le tocó viajar por todos esos lados, pero lo hizo por su trabajo, pero nunca ambicionó quedarse en ningún lado de esos. Su nostalgia, su querencia, ese querer guindar un chinchorro y ser un abuelo en la orilla de un caño, de un río, es sentir la intracultura que nos hace universales.

Entonces ser chavista pasa por tener la raíz profunda en el territorio en donde naces, eso te hace universal, Chávez fue un tipo universal, pero no lo hizo universal el visitar París, no lo hizo universal que se quedó en Madrid, porque no fue a pedir nada, ni a pedir que le orientaran en nada, ni a entregar al país, ni a venderlo. Fue a pelear allá, fue a un campo de batalla, a defender su raíz, viajó a eso, no viajó a decir: “Después del museo de la ubre nada más hay que ver en el mundo”; no lo dijo, nunca fue a esos sitios a vacacionar, a amar esos lugares. Sí, habló en la Sorbona y nunca lo hizo por echonería, sino que lo hizo como una tarea más.

Nunca habló mal de este territorio ni de nosotros, jamás nos traicionó, ni nos vendió en el exterior ni a lo interno. Chávez hablaba de aquí, con aquella querencia, con ese fervor que te hacía saber que él amaba esta tierra y su gente, que su sentimiento era sincero, que no había estafa de por medio.

¿A conciencia somos eso?

No podemos decir que somos chavistas y no conocemos el territorio, no estudiamos el territorio, no le paramos bolas al poema del territorio, a la canción del territorio.

Si amamos todo lo del invasor y queremos vivir como ellos, así no podemos ser chavistas nunca, así nos traguemos cien tazas de café al día y nos comamos tres kilos de coporo frito con yuca sancochada en un restaurante de cane y sifrino en el este de Caracas, y así digamos que queremos morir y volver a morir por la revolución y hagamos campaña y votemos y juremos y nos demos golpe de pecho en público para que se sepa que somos chavistas.

Ser chavista no es hacer lo que hizo Chávez, sino hacer lo que nos toca hacer en nuestro tiempo, en nuestro espacio, la tarea que nos corresponde, con voluntad, con alegría. Es consagrarse con todo el cuerpo, con todo el pensamiento, a crear otra cultura. No podemos decir que somos chavistas y ser culturalmente adecos o copeyanos, aplicar las marramucias de la política burguesa en todas sus expresiones, buscar acomodarnos, andar diciendo que el único que trabaja en el Gobierno o en el consejo comunal o en el ministerio o en el partido o en el sindicato o en el gremio que sea, soy yo. Tampoco trabajar en el Gobierno o recibir subsidios o cualquier otro pago y decir que el Gobierno es una mierda, no es ser chavista.

Ser chavista no es hacer lo que hizo Chávez, sino hacer lo que nos toca hacer en nuestro tiempo, en nuestro espacio, la tarea que nos corresponde, con voluntad, con alegría.

Chavista es que cumplamos con lo que hacemos y si no estamos de acuerdo con el trabajo que tenemos, retirémonos de ahí o tratemos de hacer un esfuerzo para hacer lo que creamos que tiene que hacerse y hagámoslo; no lo digamos: hagámoslo.

Porque en el hacer es que se es chavista, es haciendo que se es chavista y haciendo lo que se tiene que hacer, no cualquier cosa, sino lo exacto, lo real, eso es lo que nos debería diferenciar como chavistas, lo que nos involucre a todos en ser cada vez más colectivos culturalmente y no en la denominación.

Ser chavista también pasaría porque la formación, la relación, estén vinculadas al territorio donde vivimos, eso es ser chavista, no es otra cosa, no es andar imitando.

Ser chavista es ser audaz en la acción de las cosas, es ser radical en el pensamiento, es siempre tener un plan, tener visión estratégica, del futuro, visión global en todas y cada una de las cosas.

Ser chavistas es que tengamos sueños y los prefiguremos, ordenemos, organicemos, imaginemos el futuro, porque el futuro es un sueño viajero que estará habitando siempre la estación del presente con destino al pasado.

Ser chavista es aprender a comprender la realidad sin amargarse de la tragedia que es. Porque eso fue Chávez, supo que esa realidad la produjo el capitalismo y ante esa tragedia no se sintió nunca derrotado, nunca pidió cacao, no dio ni pidió cuartel, no andaba despechado, andaba con la alegría y llevó todos los dolores que lleva cualquiera de nosotros.

Ser chavista no es ser ingenuo, no es vivir de ilusiones, porque se muere de desengaño, como dice el dicho.

Ser chavista tiene que ver con tener los pies en la tierra y ser alegre.

No podemos decir que somos chavistas y tenemos los ojos puestos en la cursilería, en la tontería o en la estupidez, esperando reconocimientos, por cualquier palabra dicha o escrita en la comodidad de las oficinas.

No podemos decir que somos chavistas si no somos desprendidos, no podemos decir que somos chavistas por un carro, por una casa, por un cargo, por una beca; si andamos en esa, no digamos que somos chavistas de corazón, de cerebro, de convicción.

No podemos pasar por la vergüenza de decir que somos chavistas y a la hora que nos pidan una acción sacamos mil excusas para no actuar, o sólo actuamos utilizando a las personas, utilizando los recursos y después los botamos, los desechamos, cuando vemos que nos pueden producir daños, cuando vemos que ya no le podemos sacar más provecho, eso no es ser chavista.

Ser chavista es estar con las personas en las buenas y en las malas y no establecer diferencia; ser chavista es no ser tolerante, la tolerancia es un acto hipócrita, es interesada la tolerancia, ser chavista es aceptar que ahí están los demás y aceptarlos como están, no excluirlos, no sacudirlos, eso es ser chavista.

No podemos tener barreras en el afecto, ser afectivo es ser chavista.

Ser chavista es ser claro de lo que se hace, decir al pan, pan y al vino, vino, eso es ser chavista. Es no engañarse, ni engañar a los demás. Es valorar, de verdad, en su exacta dimensión, a la gente, eso es ser chavista, a un niño no podemos tenerlo como un objeto, ni a un adulto, ni a un abuelo. No nos podemos mirar como una mercancía moldeable, adaptable a los intereses particulares, una barajita útil, eso no es ser chavista, ser chavista es abrazar al viejo, es abrazar al niño, al adulto y darle su exacta dimensión y hablarle con la seriedad que se le tiene que hablar.

No podemos andar pendejeando ni con el niño, ni con el abuelo, ni con el otro, porque estamos engañando, haciendo diplomacia, un niño es un niño y tiene la misma capacidad de manipulación que un adulto, lo que tiene es menos información, pero la capacidad está ahí enterita. Es más, viene de paquetico. Ese cerebro, nuevecito. Hay que valorarlo, es una persona que piensa, y como tal es que tenemos que tratarlo, con seriedad, con responsabilidad; al adulto, al mayor, al menos mayor, al viejito, a la viejita, al niño, a la niñita. Entonces todos esos valores, conductas y maneras de ver la vida son chavistas porque así se comportó Chávez y no lo hizo demagógicamente, sus ejemplos fueron demasiado evidentes.

Ser chavista es ser responsable con la idea y construirse, en el caso de la clase, como la idea, porque Chávez no siempre fue Chávez, eso es un proceso. Él pasó por diversas situaciones hasta que se constituyó en el Chávez consagrado a la lucha por transformar su realidad.

Por esto no se puede hablar de Chávez por separado, en sus diversas facetas, sino del Chávez idea en donde le constituimos y nos constituimos, ¿qué importa si fue pelotero, si fue pintor, si fue músico o si fue hablador de güebonadas o echador de chistes?

A Chávez lo valoramos no porque fue zurdo o porque se tomaba 33 tazas de café diarias o porque condujo una insurrección, que es lo que cree el estúpido. Él cree que ser chavista es imitar a Chávez en la forma y no valorarlo en su contenido, poner la bemba como la ponía Chávez o pintarse una verruga, o ponerse a echar chistes, sin entender la integralidad de ser Chávez en la idea y la acción y saber que cada una de esas formas o maneras de hacer las cosas estaban hilvanadas en una idea.

Ser chavista es mostrar responsabilidad, ser responsable con lo que estamos diciendo y haciendo de cuerpo entero, consagrarnos a la idea, ser responsables con esa idea, saberla, tenemos que tener un fuego que haga que todos los días nos levantemos en función de esa idea, no hay más nada, no existe más nada, todos los días y todas las noches tenemos que pensar, esa es la vía para ser chavista.

Entonces ser chavista es que nos desvele el plan, que sea la idea que tenemos la que nos estrasnoche, nos insomnie, eso es hacer y ser como él, para decir que se es como él, no imitarlo, no copiarlo; es entender que todos los días debemos ser responsables con todo lo que hacemos, así la hayamos cagado, pero somos responsables de esa cagada.

A él le tocó la circunstancia de salir a decir en público que era responsable, porque él hizo una acción que lo involucraba públicamente. Conducta que nunca antes habían tenido los políticos y dueños de este país y por eso a Chávez le rendimos como pueblo honores y lo conservamos afectivamente en la memoria.

Ser chavista no es pasar todo el día diciendo: “Hoy hice un acto revolucionario, soy responsable con eso, por eso acuérdense o estén pendientes de que lo hice yo, publíquenlo, aplaudan, recuérdenlo”. Tampoco se es chavista porque todos los días nombremos a Chávez, el comandante eterno, el supercomandante, Chávez, lo mejor de este planeta o cada vez que juramos y rezamos una oración de viva mi comandante, de viva Chávez.

Ser chavista en definitiva es consagrarse responsablemente en medio de la revolución a crear el otro pensamiento, la otra cultura.

Lo demás es vulgar uso y usufructo del nombre y la imagen de un hombre de carne y hueso que conocimos como revolucionario íntegro en su idea, su pensamiento y su acción.

El Cayapo

Anuncios